Tiene 97 años y sigue cuidando cerezos en flor

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En Japón, la floración del sakura —el cerezo en flor— no es solo un espectáculo natural: es un ritual que atraviesa generaciones. Detrás de esos árboles centenarios, hay manos que cuidan, ojos que observan, memorias que florecen. Y entre todas ellas, hay una que brilla con fuerza propia: Tōemon Sano, jardinero japonés de 97 años, considerado el más grande sakuramori vivo.

El sakuramori es algo más que un jardinero. Es el guardián espiritual de los cerezos, quien los acompaña, los estudia, los protege. En todo Japón hay apenas un centenar de personas con esa función, pero según la Asociación Japonesa de la Sakura, Sano es el más merecedor del título. Y no es para menos: su linaje de cuidadores se remonta al siglo XVI.

A los 97 años, Tōemon lidera la empresa familiar Uetō Zōen, fundada en 1832, y cuida especialmente una parcela pública de 1,5 hectáreas de sakuras. Sus conocimientos se transmitieron de generación en generación, y su abuelo llegó a cultivar más de 100.000 retoños. Como si la floración fuera un legado que también se siembra en la sangre.

A lo largo de su vida, trabajó en jardines de todo el mundo, como el diseñado por Noguchi Isamu en la sede de la UNESCO en París. Fue reconocido con la Medalla Picasso y la Orden del Sol Naciente.

                                 

Sin embargo, los tiempos cambian y el clima también. El Somei Yoshino, la variedad de cerezo más plantada y cultivada por el ser humano, está en riesgo. Las lluvias intensas y olas de calor lo amenazan, ya que sus raíces se pudren con facilidad. Según la Agencia Meteorológica de Japón, la floración se adelantó más de 4 días en promedio en las últimas cinco décadas.

“Si el clima continúa cambiando, los cerezos Somei Yoshino se enfrentarán a una crisis”, advierte Sano, con la sabiduría tranquila de quien ha visto florecer —y caer— muchas estaciones.

En tiempos donde todo se acelera, la figura del sakuramori nos invita a habitar con más atención, cuidar lo que florece y honrar lo que echó raíces antes que nosotros. Una metáfora perfecta para repensar el vínculo con nuestros territorios, nuestras memorias y el futuro que aún podemos imaginar.

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