Fui a la segunda función de “El origen mágico” y confirmé algo que Servian consigue una y otra vez: durante unas horas, la realidad queda afuera y uno vuelve a mirar el mundo con ojos de niño.
Hay espectáculos que uno disfruta y hay otros que se llevan puestos los sentidos.
Eso me pasó al entrar a la gran carpa de Servian, El Circo, en Rosario. No fue la noche del estreno: tuve la posibilidad de vivir la segunda función de “El origen mágico”, y desde el primer momento sentí que estaba por comenzar algo más que un show.
Porque Servian tiene eso. Nunca defrauda. Y quizás lo más maravilloso sea que uno ya sabe que va a encontrarse con grandes artistas, acrobacias increíbles, música, luces, tecnología, vestuarios y una puesta espectacular. Pero aun así, cuando comienza la función, vuelve a aparecer el asombro.
Ese asombro que creíamos perdido.
Cuando uno vuelve a ser niño
Las luces se apagan y comienza el viaje.
Durante las casi dos horas de espectáculo, la mirada va de un lado al otro. Hay artistas que desafían la gravedad, movimientos imposibles, danza, música, colores y una puesta que aprovecha cada rincón de la enorme carpa.
Pero entre tanta espectacularidad hay algo que emociona todavía más: la historia que sostiene todo el espectáculo.
“El origen mágico” cuenta la historia de la familia Servian y de un sueño que comenzó hace generaciones con Jorge Servian.
Un niño que llegó a la Argentina con ilusiones y que terminó construyendo una historia que hoy continúa siendo escrita por sus descendientes.
Y mientras uno mira el escenario, comprende que lo que está viendo no es solamente una sucesión de números. Es un legado familiar que está vivo.
Seis generaciones haciendo posible la magia
Una de las cosas que más conmueve es saber que cuatro artistas de la sexta generación de la familia Servian forman parte de esta propuesta.
Seis generaciones.
Seis generaciones de personas que eligieron el circo como forma de vida, como oficio y también como manera de transmitir emociones.
Y quizás por eso el espectáculo tiene una sensibilidad diferente.
Porque detrás de cada movimiento hay años de historia. Detrás de cada aplauso hay una tradición. Y detrás de cada artista hay una familia que decidió mantener encendida una pasión.
El circo tradicional, con una mirada moderna
Servian logra algo que no es sencillo: mantener la esencia del circo tradicional y llevarla a una puesta contemporánea.
La tecnología, las luces, la música, los efectos especiales, las coreografías y los impresionantes vestuarios acompañan el talento de los artistas sin quitarle protagonismo a lo esencial.
El cuerpo.
La destreza.
El riesgo.
La disciplina.
Y esa conexión maravillosa entre quien está sobre el escenario y quien observa desde la butaca.
Porque cuando un artista vuela por el aire, el público también vuela un poquito con él.
Cuando alguien logra algo que parece imposible, todos contenemos la respiración.
Y cuando finalmente llega el aplauso, es imposible no sonreír.
Una experiencia que queda
Hay algo que me gusta especialmente de ir al circo: la sensación de que, durante un rato, los problemas quedan afuera.
No importa qué pasó antes de entrar.
No importa qué espera cuando uno salga.
Durante la función solamente importa lo que sucede ahí arriba.
Y eso, en estos tiempos, vale muchísimo.
Servian consigue regalarnos ese pequeño paréntesis. Nos invita a mirar, sorprendernos, emocionarnos y recordar que todavía somos capaces de maravillarnos con algo tan simple y tan poderoso como un artista haciendo posible lo imposible.
Rosario vuelve a tener magia
La gran carpa castillo de Servian, ubicada en el predio del ex Hiper Libertad, ya forma parte nuevamente del paisaje rosarino.
La compañía llega con “El origen mágico”, una propuesta que tiene detrás una enorme producción y una historia que atraviesa generaciones.
Más de 6 millones de espectadores ya disfrutaron de sus espectáculos y la compañía recibió importantes reconocimientos, entre ellos tres premios Estrella de Mar 2026 por Coreografía, Vestuario y Mejor espectáculo de Variedades.
Pero después de haber vivido esta segunda función, pienso que hay algo que ningún premio puede medir.
La emoción de un niño.
La sonrisa de una familia.
El aplauso espontáneo.
La mirada de alguien que durante unos segundos vuelve a creer que todo es posible.
Y eso es lo que me llevé de Servian.
No solamente el recuerdo de una gran producción.
Me llevé la sensación hermosa de haber vuelto a ser niña por un rato.
Por eso, si me preguntan si Servian vale la pena, la respuesta es sencilla:
Sí. Una y otra vez. Porque Servian nunca defrauda.


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