Este martes se cumplen 25 años de la primera edición del Cosquín Rock, el festival más federal del país y uno de los hitos culturales más importantes de la música argentina. Lo que comenzó en febrero de 2001 como una apuesta arriesgada terminó transformándose en un evento masivo que cambió para siempre la historia del rock nacional y la fisonomía de la ciudad de Cosquín.
La aventura nació los días 10 y 11 de febrero de 2001 en la mítica Plaza Próspero Molina, bastión histórico del folklore argentino. Allí, el productor José Palazzo se animó a llevar el rock a un escenario considerado sagrado por los sectores más tradicionalistas. Lo que para muchos fue una herejía, con el tiempo se convirtió en religión.
Aquella primera grilla histórica tuvo como números centrales a Los Piojos, Divididos, Las Pelotas y Bersuit Vergarabat, acompañados por bandas que luego serían fundamentales para el rock argentino como Catupecu Machu, El Otro Yo, Kapanga, Palo Pandolfo y MAM, entre otros.
La edición inaugural también dejó momentos que quedaron grabados en la memoria colectiva. Durante la segunda noche, Cristian Aldana, cantante de El Otro Yo, lanzó su provocador grito: “¡La cumbia es una mierda!”. Minutos después, Gustavo Cordera respondió desde el escenario con una frase que sintetizó el espíritu del festival: “¡La cumbia es una masa!”.
“Es la música del Docke y de La Boca. ¡Aguante el rock y aguante la cumbia!”, agregó el cantante de Bersuit, desatando la ovación del público.
Miles de jóvenes llegaron desde todos los puntos del país, de Ushuaia a La Quiaca, en una época sin redes sociales, impulsados únicamente por el boca en boca. Sin embargo, la llegada de las “hordas rockeras” no fue bien recibida por todos. Sectores conservadores y referentes del folklore consideraron una “profanación” el uso del escenario Atahualpa Yupanqui para un género ajeno a las raíces criollas.
“Están destruyendo las tradiciones argentinas”, llegó a expresar Horacio Guarany, en una crítica que reflejaba la tensión cultural del momento.
Pese a los temores iniciales, la convivencia en las calles de Cosquín demostró que la plaza podía albergar nuevas expresiones populares sin perder su identidad. Incluso, durante esas dos noches hubo menos detenidos que en las nueve lunas del Festival Nacional de Folklore, y la ciudad registró una facturación económica récord.
“Fue gente de todo el país, sin redes sociales, solo de boca en boca, y a partir de ahí el festival se instaló como un proyecto muy importante de la música argentina”, recordaría años después José Palazzo en una entrevista con Rolling Stone.
Con el paso del tiempo, aquella tensión inicial se transformó en una sinergia cultural y económica clave para la región serrana. Tras cuatro ediciones en la Plaza Próspero Molina, el crecimiento del público obligó al festival a mudarse primero a San Roque y luego al Aeródromo de Santa María de Punilla, donde hoy se desarrolla como un megaevento internacional.
A 25 años de su nacimiento, el Cosquín Rock no es solo un negocio musical: es un ritual de paso para bandas emergentes, un escenario consagratorio para artistas históricos y una de las celebraciones más representativas de la cultura popular argentina.

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